Por José Allende, catedrático de Planificación Urbana y Regional en la EHU-UPV para revista Hika

Son crecientes las críticas formuladas desde estamentos sociales, políticos y académicos al sendero que estaba tomando el modelo comercial en su disposición y asentamiento urbano-territorial.

La nueva lectura del desarrollo sostenible en su práctica local y, en concreto, en la recuperación de la creciente degradación urbana y del territorio, asigna al modelo espacial de distribución comercial y a las nuevas formas del comercio un papel crucial para la reinterpretación del desarrollo urbano desde la perspectiva de la sostenibilidad. Pero la transformación del modelo comercial hacia su concentración en grandes superficies en las periferias urbanas, a pocos kilómetros de las ciudades y concentración, también, de la oferta en manos de grandes grupos transnacionales, sobre todo en el sector alimenticio, está originando inquietudes y reflexiones que transcienden con mucho su dimensión sectorial.

El modelo de venta al por menor y distribución territorial afecta de modo sustancial a dimensiones socio-económicas, culturales y de bienestar de la sociedad actual, con implicaciones espaciales especialmente graves en nuestros pueblos, ciudades y áreas naturales. Ello demanda una visión integral, sistémica, entrelazando la dimensión comercial con la ambiental, cultural, socio-económica y territorial.

La creciente tendencia hacia la degradación y desaparición del pequeño y mediano comercio al por menor de nuestros pueblos y ciudades, como consecuencia de la proliferación de grandes híper, centros comerciales, superficies comerciales, parques comerciales… en las periferias o proximidad de las ciudades, cercanos a importantes enlaces viarios, es una realidad que preocupa ya seriamente.

Su lectura a la luz del nuevo paradigma del desarrollo sostenible y, en concreto, de las ciudades sostenibles, cuestiona las ventajas de ese modelo concentrado versus el modelo disperso o difuso dentro de las ciudades y pueblos. De hecho, en gran parte de Europa, se empieza a dar ya una vuelta al modelo de comercio tradicional de los asentamientos humanos, recuperando la ciudad para el ciudadano, en un intento de hacer revivir las ciudades, la rica vida urbana, humanizar la calle y espacios públicos, rehabilitar las actividades agropecuarias de sus entornos rurales, revitalizar los mercados locales, productos ecológicos de temporada de la propia comunidad regional, etc.

En general se observa una crítica creciente al significado y forma de vida que representan esas catedrales del consumismo que en realidad son los grandes centros comerciales, en manos de multinacionales, por sus inquietantes implicaciones culturales, socio-económicas, ambientales y territoriales. Cada vez más se observan como templos del consumismo irracional y compulsivo, propiciadores de una compra irreflexiva e insostenible, con graves consecuencias, entre otras, para la recuperación de la rica vida urbana que propicia la ciudad compacta y multifuncional.

El modelo de desarrollo comercial concentrado, favorecedor del híper y de las grandes superficies comerciales, posee unas características y atributos muy cuestionables a añadir a sus implicaciones ya comentadas en las políticas de recuperación urbana.

• Aleja a las ciudades de la sostenibilidad, lo que va en contra de la promoción de ciudades sostenibles al destruir el comercio urbano tradicional. Ello propicia barrios y centros urbanos con mayor inseguridad ciudadana.

• Incrementa la utilización del vehículo privado, el tráfico y la dispersión urbana a costa de una mayor contaminación. Creciente dependencia del vehículo privado.

• Provoca una ampliación de las infraestructuras de comunicaciones favorecedoras del vehículo privado, además de una ocupación abusiva de espacios verdes y abiertos de las periferias urbanas.

• Provoca una paulatina desertización de los centros urbanos y de la riqueza vivencial de los barrios al eliminar los pequeños y medianos comercios que enriquecen la vida urbana diversa y multifuncional. El ciudadano pierde la riqueza de la calle como lugar de encuentro, de relaciones humanas. Donde hay comercio hay vida.

• Perjudica a las rentas bajas y sectores no acomodados, particularmente a aquellos que no disponen de vehículos privados, personas de edad y jóvenes. A la postre, estos grupos sociales terminan pagando más altos precios por los productos.

• Elimina, poco a poco, a los pequeños comercios independientes, bloqueando los canales de distribución de los productores de alimentos pequeños procedentes de la región. Favorecen monopolios destruyendo la producción y distribución local, así como la agricultura familiar local. Los grandes centros comerciales destruyen casi el doble de empleo fijo del que crean en la región donde se ubican.

• El monopolio de la venta al por menor exprime a los productores de alimentos yugulando lentamente las actividades agro-pecuarias locales. Hacen desaparecer los productos estacionales locales, frutas frescas, vegetales etc. Ello provoca una paulatina destrucción de la agricultura local y la pérdida de puestos de trabajo rurales e, indirectamente, de las características culturales más arraigadas en las regiones donde se instalan. Las grandes corporaciones de alimentos dictan los términos y condiciones bajo la cuales se produce y se distribuye, exprimiendo a los productores del sector agropecuario local hasta la extenuación, contribuyendo así a la pérdida de identidad y desertización de áreas rurales y generando a la postre inseguridad, también, en la calidad de los alimentos.

• Su sistema comercial perjudica a medio plazo la diversidad genética de los alimentos, por lo que cada vez hay menos variedades de especies al imponer prácticas que conducen a la monocultura genética con impredecibles consecuencias.

• Su producción centralizada propicia una política de envases y embalajes que favorece los no retornables y resulta ecológicamente desaconsejada. Generan más residuos y no favorecen el reciclaje.

• Su política comercial tiende a uniformizar el mercado y no tener en cuenta los gustos y preferencias locales produciendo a medio plazo un proceso de desarraigo y desculturización de las comunidades regionales que adoptan hábitos uniformizadores, con consecuencias nefastas para la diversidad agro-pecuaria local-regional que termina desapareciendo.

• Por otra parte, los grandes centros comerciales producen una pérdida del trato humano y personalizado que habitualmente se da en el pequeño comercio tradicional. Los mercados comarcales fundamentados en los productos agro-pecuarios locales y en la artesanía del lugar corren un grave riesgo, a no ser que explícitamente, y por múltiples razones estas actividades se promocionen desde la sociedad civil y las instituciones. ¿Cómo? Potenciando las estructuras productivas locales tradicionales y a pequeña escala; fomentando los circuitos de compraventa directa, sin intermediarios; promocionando los mercados municipales locales, ubicados además en los centros urbanos; pagando un precio justo por los productos del caserío, de manera que se mantenga vivo el medio rural local; evitando el monocultivo monopolista y los grandes distribuidores que estrangulan a la pequeña y mediana empresa agroalimentaria local, etc.

• Producen una uniformización-homogeneización cultural que remite, finalmente, a una pérdida de identidad o señas de identidad. Esta homogenización de culturas, gustos, necesidades y preferencias, produce sociedades más frágiles y vulnerables, lo que interesa a las multinacionales, fuera del control democrático.

Ciertamente las características y atributos reseñados en este modelo concentrado de los grandes híper y centros comerciales no son generalizables a todas las regiones europeas. Sin embargo, Inglaterra, Francia, Bélgica, Italia, Holanda… empiezan a implantar ya procesos de control e intervención de los poderes regionales y centrales en la concesión de licencias para las grandes superficies cada vez más rígidos y restrictivos. Se fijan límites a la expansión comercial en áreas administrativas; aparece una legislación cada vez más dura contra la concentración y el monopolio del sector comercial; se regula cada vez más restrictivamente la implantación de estas grandes superficies comerciales a través de los instrumentos de ordenación del territorio, etc.

Ya en marzo de 1994 el entonces secretario de Estado para el Medio Ambiente en Inglaterra, John Gummer, anunció que la construcción de grandes centros comerciales en las periferias urbanas sería severamente restringida bajo las nuevas directrices (guidelines) del planeamiento, pues estaban dañando al medio ambiente y a la sociedad. Entre otras razones, John Gummer manejó el criterio de que estaban creando una sociedad dependiente del vehículo privado (T. Lang and H. Raven, 1994).

Ha llegado pues la hora de analizar seriamente y con urgencia la conveniencia de continuar permitiendo la proliferación de grandes superficies comerciales e híper en nuestro territorio. No hacerlo ya sería un grave error que dejará una pesada herencia a las generaciones futuras.

El gran centro comercial o el híper tiene su justificación sólo en aquellos territorios que, o bien tengan una distribución de la población muy dispersa y de muy baja densidad, o bien tengan fuertes diferencias de contingentes poblacionales estacionalmente (caso de áreas muy turísticas durante el verano, etc.). Ninguno de los dos casos es el de la Comunidad Autónoma Vasca, por lo que lo más razonable sería revisar, con urgencia, la política altamente permisiva en la proliferación de grandes híper y superficies comerciales en la periferia de nuestras ciudades y grandes áreas urbano-metropolitanas.

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NOTA.
José Allende es catedrático de Planificación Urbana y Regional en la EHU-UPV.

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