La rebelión de los jóvenes griegos sin futuro


Kostas Papathomopoulos (colectivo Alana)Tres miembros de Alana, colectivo griego de información para América Latina, escriben para DIAGONAL algunas claves para entender por qué el asesinato de un joven se convirtió en un levantamiento popular, de odio y rabia contra la Policía y el poder económico y político. Las herencias autoritarias de unos cuerpos policiales que gozan de total impunidad, el descrédito de la clase política y de los partidos, así como una educación pública desacreditada y puesta en venta, son algunos de los factores que desencadenaron la rabia de la juventud griega.

Desde el 6 de diciembre Grecia vive una situación con muchas características de una revuelta social. Como en casi todos los casos en los que se produce una explosión espontánea de rabia o de creatividad, resulta difícil encontrar las causas directas por las que en un momento dado muchas personas, en muchos lugares al mismo tiempo, abandonan su condición de consumidores, espectadores, víctimas de abusos o explotaciones y salen a la calle para denunciar no tanto un hecho aislado, sino esta misma condición en la que se encuentran.

Hay que hablar en primer lugar de la Policía, el nefasto protagonista de estos días. En los últimos años –y, sobre todo, después de los Juegos Olímpicos–, la presencia de la Policía se ha hecho mucho más visible. Como un Ejército de ocupación, una Policía militarizada vigila día y noche el centro de Atenas y, sobre todo, el histórico y combativo barrio de Exarjia. No sería exagerado decir que en ella perdura una mentalidad fascista y de odio hacia el ‘enemigo interno’, que data de la dictadura (1967-1973) e incluso de la guerra civil (1946-1949). Se ha demostrado que muchos policías son miembros de organizaciones de extrema derecha. Otros, más moderados, mantienen una relación de compañerismo con neonazis, concretada en operaciones conjuntas que a menudo realizan contra activistas e inmigrantes, algo que se ha dado también estos días en Atenas y otras ciudades del país. Ha sido precisamente esta sensación de impunidad y de odio hacia lo diferente lo que llevó a un policía a asesinar a un alumno de 15 años que osó insultarle o tirarle alguna botella de plástico. Lo que llevó a otros compañeros suyos a fingir disparar a los manifestantes, justo unas horas después. A echar gases lacrimógenos en su funeral y cargar contra la gente allí reunida.

El asesinato de Alexis fue para los jóvenes el colofón del desprecio con que el Estado y su sistema educativo les trata. Si ellos y ellas, la juventud, son el actor principal de la revuelta, es porque se ven identificadas con Alexis. Sienten que podrían estar en su lugar. Y se sienten asfixiados en una escuela pública cada vez más desprestigiada, con un currículo intensivo y vacío de significado que selecciona a los ‘aptos’ para la educación superior y expulsa a los demás. Sin tiempo y espacios libres, saben que aunque consigan entrar en la universidad, agotados y habiendo perdido toda su creatividad, les está esperando un mercado voraz y un futuro precario.

Junto a ellos, los estudiantes universitarios ocuparon las universidades como continuación de la larga lucha iniciada en 2006, cuando durante casi un año se movilizaron para impedir que se permitiera la creación de universidades privadas. Tras sufrir muchos golpes, detenciones y difamaciones por parte de los medios, consiguieron que no se modificase la Constitución para permitir universidades privadas en Grecia. Posteriormente la Corte Europea obligó al Estado a reconocer los diplomas otorgados por universidades privadas extranjeras con sucursales en Grecia. Esta vez los estudiantes se están coordinando para denunciar la política represiva y frenar el proceso de Bolonia y el abandono de la educación pública.

Crisis y descrédito de la política
Más de una persona podría pensar que la crisis económica es el impulso principal que nutre las protestas. Sin embargo, esta crisis todavía no se ha hecho sentir tanto, al menos en forma de recesión o despidos masivos, como en otros países. Y la razón es que en Grecia las capas medias y bajas llevan sufriendo la estrechez económica más de una década. Primero fue el ajuste estructural para entrar en la zona del euro, con las privatizaciones y el congelamiento de los salarios, y luego fue el aumento de los precios, la especulación y el masivo endeudamiento bancario. No es la desesperación que trae consigo la crisis económica la que hizo que las protestas crecieran, sino más bien la falta de legitimidad de un sistema que se está desmoronando. Esta falta de legitimidad se ha hecho aún más evidente por los casos de corrupción –un fenómeno endémico de la vida política griega– que han sido revelados. El más reciente implica la escandalosa cesión de valiosas extensiones de tierra a la Iglesia, que luego han sido vendidas para aumentar su ya enorme fortuna. Otro escándalo tiene que ver con el botín que se ha hecho con los fondos de la Seguridad Social, justo cuando trataban de convencer a la población de la inviabilidad del sistema actual y de la necesidad de reformarlo.

Algo que consiguieron hacer el año pasado. La lista de los escándalos es larga e implica tanto al partido Nueva Democracia, de derechas, que gobierna desde hace cinco años, como al PASOK, socialdemócrata, que estuvo casi 20 años en el poder. A primera vista, estos son algunos de los factores que han incidido en la explosión social que se vive estos días en todo el país. Lo particular de esta revuelta, aparte de englobar a diferentes sectores y de ser legítima para gran parte de la población, es que supera los límites de la protesta y prefigura un tipo de organización distinto y nuevo. Lo más importante es que no hay nadie que la hegemonice. Todos, o casi todos, los grupos anarquistas y de izquierdas están involucrados en las acciones que se están llevando a cabo, pero éstas son tan espontáneas, horizontales y variopintas que rebasan su capacidad de organización.

Quizás el hecho más relevante es que se han creado nuevas formas de organización. Ellas reúnen a vecinos, a padres de familia y a gente de varias procedencias que, teniendo como punto de referencia ocupaciones de universidades o de edificios municipales, parten de lo inmediato, exigiendo castigo para los asesinos y liberación de todos los presos, para abordar temas más generales. El desenlace de esta revuelta, como de todas, es imprevisible. Es cierto que ha servido para generar a amplios sectores un profundo cuestionamiento de la actual forma de organización social. Queda ver a qué nivel la creatividad de las personas aportará alternativas y nuevas formas de relacionarnos.


La rabia de la juventud

ELPIDA NIKU (ALANA)
La noticia de la muerte de Alexis corre rápido. La gente se enoja. Pero no es sólo un enojo. Es una rabia acumulada. Una rabia que ya quiso salir a las calles y arrastrar todo lo que hay en ellas. Y salió. Y lo arrastraron todo. Arrastraron la mala educación, la falta de empleo, la inseguridad del futuro, el presente que nos oprime, el pasado que se olvidó, la impunidad de tantos casos de abuso policial, las humillaciones sufridas por ser jóvenes y ser diferentes. Arrastraron los lujosos anuncios, espejos de una vida encarcelada dentro de las cuatro paredes del trabajo, de la escuela, de la universidad… El Gobierno de derecha tocó los límites de la tolerancia eliminando aún más los derechos laborales, el derecho a la salud, a la educación, a la vivienda, a la vida misma y reprimiendo a los que gritan con toda su fuerza que no debe ser así. Nos están quitando la vida a diario y el asesinato de Alexis fue la gota que quebró y explotó el vaso de la tolerancia y del silencio. Ya nada va a ser igual aquí para todas nosotras. Lo que vivimos estos días en Grecia es una revuelta juvenil, de jóvenes de 14, de 15 y de 16 años de edad. Es una revuelta de jóvenes que sintieron que su vida está en riesgo: “Ya mataron a uno de nosotros, ¿quién va a ser el siguiente?”. Después de la primera expresión de esta rabia acumulada vino la organización espontánea de la juventud. Más de 700 escuelas secundarias en todo el país fueron ocupadas, igual que muchas universidades, y ya existe una coordinadora de acciones de estudiantes y alumnos. Todos los días alumnos y alumnas de Secundaria llegan a diferentes sedes de la Policía, en más de 50 ciudades del país, las rodean, gritan a los policías, les tiran piedras, queman sus coches, se enfrentan a ellos a diario en las calles sin pensar en el riesgo ni en las consecuencias. Fuera del Congreso del país, una joven está conversando con un policía en un momento de calma, preguntándole por qué golpean a los alumnos. El policía le pregunta cuántos años tiene. Ella contesta que tiene 18. El policía se ríe y le dice que ya cambiará de ideas cuando tenga 40. Y la joven de 18 le contesta: “O sea que cuando tenga 40 años y maten a un niño de 15 a mi lado, ¿yo me voy a quedar callada?”.


El ‘punctum‘ de la revuelta

EUGENIA APOSTOLOU (ALANA)
Todavía todo es una imagen. Es como una imagen que empieza a pintarse desde el sábado 6 de diciembre por la noche, cuando corrió la noticia del asesinato de Alexis Grigoropoulos. En La cámara lúcida, Roland Barthes dice que en cada imagen hay un punto donde se concentra, según la interpretación de cada uno, toda la fuerza y la tensión de la imagen, de la foto: el punctum. En la imagen que se pinta en esos días en Grecia hay cuatro momentos punctum que muestran la profundidad invisible de esta rabia que estaba latente y de repente estalló. Primer momento: domingo 7 de diciembre tarde-noche. Desde internet y móviles se teje un invisible tejido de comunicación entre miles y miles estudiantes de Secundaria en toda Grecia. Nadie se da cuenta. El hecho es que el lunes en la madrugada los institutos están cerrados. Sin asambleas, sin cualquier centro organizativo, sin la intervención de organización política alguna, miles y miles de estudiantes de Secundaria están en las calles autoorganizados. Bloquean calles y carreteras y enfocan toda la rabia que les provoca el asesinato de Alexis contra las sedes locales de Policía. No queda casi ni una comisaría que no esté bloqueada por estudiantes de Secundaria lo mismo en ciudades pequeñas, pequeñísimas y de barrios de Atenas y de Salónica que no han conocido nunca a lo largo de su existencia una manifestación o algo parecido a ello. Y amanecen con sus hijos y sus hijas fuera de las comisarías, quemando los coches patrulla o tirando naranjas, piedras, huevos y pinturas a los edificios de las fuerzas del orden. Son jóvenes de 13, 15 o 16 años que enfocan su rabia hacia ese objetivo. Segundo momento: martes por la noche. Los noticiarios de las televisiones ya no saben qué decir primero y qué segundo. Todos los centros de las ciudades de Grecia son devorados por las llamas. Una información sobresale: en un suburbio de Atenas, donde viven gitanos, 600 de ellos ocuparon el cuartel policial, le prendieron fuego e hirieron con escopetas a dos gendarmes. Tercer momento: martes por la noche. En 23 cárceles del país, todos los presos se niegan a cenar en señal de apoyo y solidaridad con la revuelta. Cuarto momento: después de las provocadoras palabras del abogado que defiende al policía asesino, diciendo que Alexis murió a causa de una bala perdida, los estudiantes de Secundaria vuelven a cerrar las escuelas. Los jóvenes en Atenas y en el resto de Grecia cercan, respectivamente, 25 y 20 sedes de Policía. Los muchachos cortan el tránsito de 20 avenidas y ocupan 190 secundarias en Grecia. La mayoría de las universidades no tienen clases. En unas 20 ciudades los bancos y las tiendas de lujo son consumidas por el fuego. Cuatro momentos punctum que muestran la profundidad de una rabia acumulada, una rabia que aguardaba su momento, que va mas allá del asesinato de Alexis, mas allá de las llamas que iluminaron Grecia y la hicieron visible los últimos días. Pura rabia, rabia justa.

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