Miguel Ángel Morales Solís* para Revista Pueblos

El día en que Zimbabwe vio internacionalmente reconocida su independencia, Robert Mugabe sumaba escasamente un mes en el gobierno. 28 años después, el que fue definido por Andrew Young como “una combinación de pensador marxista y jesuita” continúa aferrándose al poder. El hombre que Pinochet puso como ejemplo en su propio descargo y que ha generado en este cuarto de siglo una de las mayores decepciones vinculadas a las independencias africanas, fue en su día el mediático y celebrado paradigma de la manera en que debía hacerse política en África


El pasado 29 de marzo se celebró la primera vuelta de las elecciones en Zimbabwe. Hoy, tras las consabidas denuncias por fraude electoral, los resultados reales siguen sin estar claros. Morgan Tsvangirai, líder del partido Movimiento para el Cambio Democrático (MDC) y de una oposición que nunca ha estado tan cerca de arrebatar el poder al régimen de Mugabe, habría ganado. En cambio, 4 meses después, con sospechas fundadas de que el aparato del régimen habría sustituido de manera fraudulenta unos 200.000 votos, con un intento de segunda vuelta a la que la oposición no acudió por miedo a legitimar el fraude, y con las airadas protestas de la comunidad internacional (excluyendo a buena parte de África, a China y a Rusia), Tsvangirai se afana por llegar a un acuerdo de colaboración con Mugabe y sigue en la oposición. Días antes, en plena campaña electoral, Mugabe adelantó lo que iba a ocurrir: “Nunca la oposición va a ganar en este país”.

Así ha sido durante los últimos 23 años de gobierno del hombre al que los medios occidentales y africanos encumbraron en su momento. Mugabe, que mantiene una visión muy particular de la democracia y de su propio continente, no cree en el multipartidismo, lo considera un lujo del que debe librarse al Tercer Mundo. En cambio, sus intentos por convertir la política de Zimbabwe en un feudo exclusivista del ZANU-PF, su partido, se han sucedido en el tiempo cosechando estruendosos fracasos. El último de ellos, en un convulso año 2000, venía ligado a una campaña de exaltación de los viejos rencores anticolonialistas, la necesidad de expropiar a los blancos los terrenos agrícolas que aún ocupan, y terminó con el poco crédito que le restaba en los medios occidentales. Aquel referéndum, bajo el que se ocultaba la pretensión de perpetuarse en el gobierno, representó un fiasco incluso superior al de las elecciones de 1985, cuando el líder africano estaba en el cenit de su popularidad política y mediática. En aquellas elecciones, con la oposición del mítico líder zimbabuo Joshua Nkomo, Mugabe se hizo con 63 escaños de un total de 100 y se quedó a 7 escaños de la posibilidad de reformar la Constitución. Ha seguido intentándolo en las sucesivas elecciones celebradas, pero el pueblo de Zimbabwe se ha negado a esta posibilidad.

El ascenso

Los primeros años de gobierno, incluso el periodo inmediatamente anterior a las elecciones de 1980, representaron el espacio de mayor calidad democrática de Zimbabwe. La Rhodesia racista había declarado su independencia del imperio británico, de manera unilateral y no siendo reconocida por ningún Estado, en 1965. Su Gobierno, íntegramente blanco, mantuvo desde su creación una pugna constante en los frentes más diversos. Entre ellos destacan, por su posterior implicación histórica, los sucesivos gobiernos británicos, la llamada “línea del frente” y las guerrillas del ZAPU y el ZANU, que se vincularon en la lucha para pasar a denominarse Frente Patriótico. Gran Bretaña, antigua metrópoli del territorio zimbabuo, realizó un gran esfuerzo diplomático en pos de la celebración de unas elecciones de sufragio universal con el fin de legitimar al régimen racista. Con su apoyo diplomático, blancos y negros acudieron por separado a las urnas y eligieron a sus representantes por separado. De aquellas elecciones, celebradas en 1979, saldría el Gobierno del obispo Abel Muzorewa (negro), que quedaría supeditado a la buena voluntad de los parlamentarios blancos liderados por Ian Smith (hasta entonces presidente de Rodhesia), con el poder de frenar cualquier cambio constitucional. En cambio, la farsa no fue aceptada por la izquierda mundial, que presionó para que ningún Estado, excepto la Sudáfrica racista, reconociera aquellas elecciones. Ni tan siquiera Gran Bretaña, que estuvo tentada de hacerlo en su condición de patrocinador, se atrevió ante las presiones internas de rechazo.

Como cabezas visibles de una causa global, las independencias africanas y la lucha antirracista, los líderes guerrilleros del Frente Patriótico pasaron a representar, ante el fracaso de la farsa “democrática” rhodesiana, el foco en el que se centraron todos los esfuerzos diplomáticos y mediáticos. Nkomo estaba llamado a ser el padre de la nación zimbabua antes de su independencia. Apoyado por la URSS en su lucha contra el régimen blanco de Rodhesia, propició el acuerdo entre su grupo político-militar, el ZAPU, y el partido de Mugabe, el ZANU (con el ZANLA como brazo armado), para formar el Frente Patriótico. Los largos años de lucha guerrillera, su moderación y el ser considerado una figura clave del proyecto independiente de Zimbabwe, lo convertían en el líder esperado por todos. Cuando en 1976, las dos guerrillas unieron fuerzas en su lucha militar y diplomática, Mugabe llevaba un año ostentando la secretaría general del ZANU. Más radical en sus posturas políticas que Nkomo, era un marxista comprometido con la lucha antirracista y las independencias y había logrado los apoyos de China y Corea del Norte, que aportaban recursos militares a su partido. Con una sólida formación en Maestría, Economía y Derecho, había alcanzado el puesto de dirigente del ZANU tras 10 años en las cárceles de Rhodesia por su activismo político. Era, por tanto, el candidato menos querido por la diplomacia europea y estadounidense y tampoco poseía el beneplácito de la URSS, que se había decantado por Nkomo.

La llamada “línea del frente” estaba formada por Angola, Botswana, Mozambique, Tanzania y Zambia. Aunque su objetivo prioritario consistía en apoyar la independencia de Zimbabwe, y con ella a las guerrillas de ZANU y ZAPU, también realizaban un esfuerzo diplomático en contra del régimen racista sudafricano. Liderados por Nyerere y Kaunda, su apoyo político dentro de la Commonwealth y su amenaza de abandonar la organización, fueron vitales para que Gran Bretaña se decidiera en su esfuerzo diplomático en favor de una independencia real de Zimbabwe. 102 días después de iniciadas las negociaciones en Londres, se firmaba un acuerdo entre las partes implicadas en el conflicto de Zimbabwe (ZANU, ZAPU, Ian Smith, Muzorewa y Magaret Thatcher) para la celebración de elecciones libres aunque, en origen, no equitativas (el 20 por ciento de los escaños se reservaba a la minoría blanca para, en elecciones sucesivas, ir anulando esta distinción). Para sorpresa de todos, tras dos atentados contra su persona y una campaña propagandística generalizada en favor de Nkomo, Mugabe se convertía en presidente de la República de Zimbabwe en 1980. La independencia llegaría, también de su mano, al año siguiente.

El esplendor

Los medios de comunicación occidentales miraron con recelo el proceso que se abría tras las elecciones. La posibilidad de una guerra civil, con las guerrillas del ZANU y ZAPU en el difícil proceso de asimilación al ejército zimbabuo, constituía un panorama ya visto en otras independencias africanas. La radicalidad ideológica mostrada por Mugabe en su periplo guerrillero tampoco era vista como un síntoma que pudiese ayudar en el entendimiento. En cambio, la moderación ideológica mostrada por el nuevo presidente en aquellos primeros momentos, llegando a acuerdos con Nkomo para formar un gobierno conjunto y con la minoría blanca para mantener la propiedad de las tierras, fue paulatinamente absorbiendo los recelos de los medios más conservadores. Es un hecho que, aunque con altibajos, Mugabe supo mantener la estabilidad del país y demostró una serenidad que hasta los más críticos ideólogos liberales supieron ver como un signo de responsabilidad política. “El granero de África”, sobrenombre con el que comenzó a tildarse a Zimbabwe, vivió durante la década de los 80 y mediados de los 90 su época dorada y su proceso de independencia pasó a ser celebrado por los medios como un ejemplo para el resto de Estados africanos. También Mugabe, como artífice de la transformación vivida, recibió de la comunidad internacional halagos y muestras de aceptación. Entre otras muchas cosas, en 1981 fue nominado al Premio Nóbel de la Paz, ejerció de presidente de la OUA y del Movimiento de Países no Alineados, fue investido Doctor Honoris Causa por la universidad de Edimburgo en 1984 y Bernard Chidezero, ministro de Hacienda de Zimbabwe, formó parte de la terna para convertirse en Secretario General de la ONU a comienzos de los años 90.

Los mismos medios, de izquierda mayoritariamente pero también de la derecha, que tiempo atrás habían encumbrado a políticos de la talla de Nyerere o Kaunda por su implicación en la resolución de los conflictos africanos, ponían ahora su foco sobre Mugabe. Hasta la llegada a la esfera política y mitológica de Mandela, se dejaron de lado cuestiones consideradas nimias entonces, como el acoso a la oposición y el encarcelamiento de sus líderes. La desaparición paulatina de Nyerere o Kaunda de la esfera pública dejó el camino libre a un Mugabe exultante que dedicó parte de su tiempo a liderar las labores de mediación en conflictos como el de Mozambique, Rwanda o Los Grandes Lagos. Sus posturas y opiniones, vinculadas a la llamada izquierda africana, eran obligadas en cualquier artículo periodístico relativo al apartheid sudafricano o a temas tan diversos como el control de natalidad, cuestión en la que Zimbabwe siempre fue un ejemplo a seguir. En cambio, tras la aparición en escena de Mandela, que en 1994 se convertía en presidente de Sudáfrica, su luz comenzó a apagarse.

La caída

La negativa de Mugabe a involucrarse en una alianza estrecha con la URSS (aunque con apoyos puntuales en votaciones de la ONU) y su decidido esfuerzo porque Zimbabwe fuese considerado un país no alineado, hicieron de su política exterior un arma no arrojadiza en su contra. En cambio, su participación como parte interesada en el conflicto de la República Democrática del Congo comenzó a granjearle las enemistades más variadas (de EE UU, por ejemplo, que deseaba la caída de Kabila) además de provocar el hundimiento de la economía del país. En nuestra memoria permanece la virulencia con la que los seguidores de ZANU-PF ocuparon las granjas de explotación agrícola de propietarios blancos en el año 2000. A la llegada de Mugabe al poder, Zimbabwe contaba con 250.000 blancos entre su población, que mantenían en su poder la mayor parte de las tierras del país. La promesa de Gran Bretaña de ayudar financieramente al Estado zimbabuo en la compra de estas tierras no se cumplió. La biógrafa de Mugabe, Heidi Holland, asegura que la repentina campaña antiblanca y la consiguiente ocupación de tierras (y asesinato de muchos agricultores blancos) no fue más que una muestra del resentimiento que el líder africano guarda hacia Gran Bretaña [Desde entonces, se suceden las amenazas de embargo, las sanciones económicas, la retirada de sus títulos honoríficos y las críticas por la falta de democracia en el país. Noticias que antes eran prácticamente omitidas o por las que se pasaba casi de puntillas, como las continuas protestas de la población por el alza de los precios, la cruzada de Mugabe contra la homosexualidad o el acoso de sus correligionarios a la oposición, son ahora tratadas con la mayor de las atenciones.

Zimbabwe es, en estos momentos, un país hundido económicamente, con una inflación del 2,2 millones por ciento y una tasa de paro superior al 80 por ciento. Mugabe es representado, en estos momentos, como un tirano, un dictador de hecho o un déspota. No obstante, su modo de gobernar no ha cambiado mucho desde que ganara las elecciones de 1983. Ya entonces acosaba y encarcelaba a sus opositores por cargos infundados, ya entonces reprimía las manifestaciones de protesta y ya entonces pervertía las elecciones con leyes que dificultaban el voto de la población ndebele (etnia minoritaria y contraria a la etnia shona a la que él pertenece). Las fotografías de Nkomo y Muzorewa saliendo de la cárcel en la década de los 80 distan en tiempo de la cara amoratada por las torturas de Tsvangirai, pero no distan en su significado. Para los medios occidentales, Mugabe ha dejado de ser el emblema de moderación que en realidad nunca fue, ya no es un ejemplo del paradigma democrático o el paradigma de líder africano. Por el contrario, pocas cosas han cambiado. Que cada uno saque sus propias conclusiones..


*Miguel Ángel Morales es periodista, doctorando en Relaciones Internacionales y Estudios Africanos por la Universidad Autonoma de Madrid y miembro del Consejo de Redacción de Pueblos. Este artículo ha sido publicado originalmente en la versión impresa de la Revista Pueblos número 34, Septiembre de 2008.

Notas

[1] Holland, Heidi (2008): Dinner with Mugabe, South Africa, Penguin Books.

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