Entrevista con Gilbert Achcar, de Profesor de ciencias políticas en la Universidad de París,de origen libanés publicada en a l´encontre el 22 de junio de 2007 y traducida por Alberto Nadal para la revista Viento Sur

Desde la primavera de 2007, el Estado Mayor americano proclama los méritos de la notable escalada de la presencia de las tropas estadounidense en Irak y más especialmente en Bagdad. ¿Qué hay de ello?Gilbert Achcar.- Ha sido sobre todo una “escalada” del baño de sangre y un fracaso importante, si lo medimos en relación al objetivo que se fijó la administración Bush, que era nada menos que transformar todo el desastre irakí en un éxito. Es lo que ha intentado llevar a cabo con el aumento (envío de 21.000 soldados suplementarios y prolongación del mantenimiento de soldados que debían volver a los Estados Unidos) de hecho sobre todo por operaciones de propaganda. Pero el fracaso es patente.
El objetivo principal era crear las condiciones que permitirían a las fuerzas de ocupación modificar los alineamientos políticos en Irak y poner en pie una nueva alianza que habría estado muy cercana de los Estados Unidos y que habría permitido a Washington maniobrar más fácilmente en el país. Moqtada al-Sadr era el principal objetivo de toda esta operación, y podemos medir su fracaso por el hecho de que actualmente está de vuelta, y de forma muy preeminente, en las noticias, tras haber desaparecido durante un período.

¿Qué significa esta reemergencia?
La veo sobre todo como una indicación del fracaso del autodenominado “surge” (oleada en inglés ndt). Sabiendo que esta operación iba contra él, al-Sadr se ha ocultado y ha dado a sus partidarios la orden de adoptar un perfil bajo y evitar toda confrontación directa con las tropas estadounidenses. No iba a entrar en colisión frontal con las fuerzas estadounidenses como lo hizo en 2004, a un precio muy elevado. En aquél momento, estuvo a punto de ser detenido o asesinado, y su movimiento militarmente aplastado. Ha evitado, por tanto, repetir esa estrategia.
Ha comprendido una lección muy elemental, es decir, que no debía enfrentarse con los Estados Unidos militarmente de forma frontal, puesto que disponen de una potencia de fuego y de un armamento aplastante. Vale más, cuando atacan, retirarse a un lugar seguro, o incluso ocultarse. Es una táctica de guerrilla elemental –y los sadristas la han aplicado con un cierto éxito, a la vez que lograban maniobrar de forma bastante astuta para mantener su potencia en el plano político e incluso para aumentarla, cuando el odio hacia las tropas estadounidenses aumentaba como consecuencia del “surge”.

Recientemente ha hecho un discurso cuyo tono era más nacionalista y antisectario. ¿Es un índice de cambio?
Pienso que ha llegado probablemente a la conclusión de que era el momento para él de renovar su línea política o de retomar la que había seguido hasta finales de 2005 o comienzos de 2006. El ataque de Samarra en febrero de 2006 (un ataque sectario devastador de los sunitas contra la mezquita chiíta de esa localidad) significó un giro en la situación irakí. Fue el momento en que la imagen de al-Sadr, que aparecía como no sectario y nacionalista árabe e irakí, se modificó para convertirse en la de un dirigente de las milicias sectarias chiítas.
Ahora está intentando restaurar su imagen precedente. Estima probablemente que el contexto se presta bien para una nueva tentativa, tras más de un año durante el cual los chiítas se han desatado intensamente en el plano sectario para responder a los ataques sectarios que ellos mismos habían sufrido.

¿Estás diciendo que la escalada en los ataques y contraataques llegaría a su fin y que Moqtada al-Sadr podría volver a un discurso más nacionalista?
Si, exactamente. Estima probablemente que las cosas pueden calmarse ahora, en un momento en que se hace urgente para él mejorar su imagen. Tiene necesidad de dirigirse a los irakís árabes sunitas, porque comprende que se está desarrollando una operación política mayor, en la cual él es un objetivo.
Los dos dirigentes kurdos han lanzado recientemente declaraciones contra la amenaza de complot tendente a derrocar al gobierno Maliki. El otro personaje que estaría en el centro de este “complot” sería nada menos que el ex primer ministro designado por los Estados Unidos, Alyad Allawi, el lacayo más cercano y más fiable de los Estados Unidos y Gran Bretaña en Irak.
La situación irakí es en estos momentos muy delicada, y alcanzará un momento decisivo en las semanas y meses que vienen. Y es justamente el momento en que Moqtada al-Sadr ha elegido para retomar la ofensiva en el plano político, lo que es muy astuto por su parte.

¿Hay signos de una reacción entre los grupos de oposición sunitas?
Si. La nueva tonalidad de al-Sadr es en general acogida favorablemente por los nacionalistas –en contraste con las fuerzas confesionales- entre los árabes sunitas. Si se dejan de lado los fanáticos antiamericanos antichiítas del tipo Al-Qaida, existen dos tipos de fuerzas entre los árabes sunitas irakís.
De una parte, están los que están movidos principalmente por planteamientos sectarios, confesionales y antiiranís, cercanos a los sauditas y dispuestos a tratar con los Estados Unidos contra los chiítas.
De otra parte, está el caso de Moqtada al-Sadr. Incluso si tiene lazos evidentes con Teherán, que le ha apoyado de forma creciente durante estos últimos años, mantiene un cierto grado de autonomía política y es conocido por ser ferozmente independiente. Sus partidarios no dudan en hacer declaraciones críticas hacia Irán. Por ejemplo, como otras fuerzas entre los sunitas, ha criticado el reciente encuentro entre representantes iraníes y estadounidenses sobre la cuestión de Irak como una ingerencia inaceptable en los asuntos irakís.

Vistas tus precedentes observaciones sobre el fracaso del aumento de la presencia militar estadounidense y de esta convergencia política crítica que describes, ¿piensas que se va hacia un punto de ruptura como más tarde para este verano?. La combinación de una eventual resurgencia de unidad nacionalista con los defectos evidentes de la ofensiva militar americana ¿podría conducir a un punto decisivo en el que los americanos deberán cambiar radicalmente de orientación, o incluso retirarse?
No es tan simple. He descrito lo que al-Sadr intenta hacer. Pero eso no significa que lo logre. Puede ciertamente conseguir algunos éxitos, pero un éxito mayor que le permitiría convertirse en el vencedor de toda esta confrontación es bastante difícil de predecir en este momento. Se enfrenta a condiciones bastante difíciles.
La operación Allawi está aún en marcha. Se trata esencialmente de una tentativa de construir una coalición política por encima de las divisiones sectarias, utilizando el cebo del apoyo de los Estados Unidos, para derrocar al gobierno Maliki y volver a poner a Allawi al mando en tanto que “hombre fuerte” y salvador de Irak. No apostaría un céntimo por el éxito de esta operación, pero no se puede totalmente excluir. En efecto, un golpe apoyado por los Estados Unidos y un segmento de las fuerzas militares irakís que ellos estimarían tener bajo su control de forma segura –si es que eso existe- no está totalmente excluido.
Lo que es cierto es que hay que esperar cambios cruciales durante el próximo período. Para la administración Bush, el “surge” en curso es una operación de doble o nada. Está fuertemente presionada en los Estados Unidos. Incluso si los Demócratas han evitado presionar sobre la cuestión del calendario para una retirada de las tropas –la cuestión de Irak es preeminente en la campaña electoral, y la opinión pública estadounidense se ha vuelto muy opuesta a la prosecución de la guerra.
La administración Bush está jugando lo que parece su última carta. Al mismo tiempo, la administración está defendiendo su retaguardia dirigiéndose a Teherán –de forma muy limitada para empezar- de cara a un posible compromiso como recomienda el informe Baker-Hamilton.

¿No tienen otro plan que puedan sacar de la manga?
No veo en qué podría consistir, más allá de la operación con Allawi. Es la única baza que pueden aún utilizar.

¿Este proyecto de instalar un nuevo hombre fuerte no remite casi a una vuelta a la era de Saddam, salvo que esta vez sería bajo el control nominal de los chiítas?
Una vuelta a la era de Saddam sería imposible. No se puede reinventar una dictadura. La situación en Irak es tal que cualquiera que intentara hacer el papel de un “Saddam número dos” tendría la vida dura, e iría ciertamente al fracaso. No pienso que el grueso de la población chiíta esté dispuesto a aceptar una nueva dictadura, a menos que salga de sus propias filas –y Allawi es percibido como un traidor, sin contar con que anteriormente era partidario del Baas.
Creo que para ellos aceptar un dictador que estuviera apoyado por los Estados Unidos y que vendría a impedir a los chiítas recoger los frutos de lo que han esperado durante mucho tiempo –su reconocimiento como mayoría- está fuera de cuestión. Por otra parte, Irán forma parte también del tablero, y no aceptaría un escenario de este tipo, al menos en las condiciones actuales.
No veo pues ninguna estrategia ganadora ni baza para los Estados Unidos en Irak. La cuestión no es saber si los Estados Unidos pueden obtener una victoria o no, el fracaso está ya ahí, y es fundamentalmente irreversible. El problema es más bien saber cuantos daños suplementarios pueden aún infligir a Irak intentando aplicar los proyectos insensatos que están condenados por adelantado.

Pasemos ahora al Líbano, ¿el asedio y el bombardeo del campo palestino de Nahr el-Bard era un acontecimiento relativamente secundario que implicaba solo un grupo fundamentalista sunita o tiene implicaciones más profundas?. El periodista americano Seymour Hersh ha sugerido que “Fatah al-Ansar” estaba en su origen apoyado por el gobierno libanés y que esto es una especie de contragolpe.
Hay dos tipos de “teorías del complot” sobre esta cuestión en el Líbano: de un lado, las fuerzas favorables a los Estados Unidos o de la “mayoría gubernamental”, afirman que los militantes de “Fatah al-Islam” están manipulados por los servicios sirios. Declaran que los recientes enfrentamientos han sido provocados para oponerse al tribunal internacional sobre el asesinato del ex primer ministro Rafik al-Hariri, que Washington, París y Londres acababan de hacer aprobar por el Consejo de Seguridad de la ONU.
Y de otra parte, están quienes, muchos de ellos refiriéndose al artículo de Hersh, que afirman que “Fatah al-Islam” ha sido manipulado por la propia mayoría gubernamental, con los sauditas y los Estados Unidos por detrás.
Sólo hay algunos hechos demostrados. Se sabe, por ejemplo, que el dirigente clave de “Fatah al-Islam” había estado precedentemente encarcelado en Siria –no hay por tanto razón sólida para sospechar que el régimen sirio esté detrás de este grupo, salvo por el hecho de que la situación ha estallado justo tras el voto del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas sobre el Tribunal internacional.
Es también cierto que este tipo de fundamentalismo sunita fanático está habitualmente ligado a fuentes sauditas, oficiales o no. Podría haber ocurrido que, en un momento dado, el bloque Hariri hubiera tenido relaciones con tal grupo fundamentalista islámico sunita, partidario de una tradición sectaria antichiíta (y que finalmente se ha adherido a Al-Qaeda), para preparar una posible confrontación total con los chiítas libaneses, que están sobre todo representados por Hezbolá. Pero de ahí a concluir que están manipulando a este grupo es dar un paso que carece de fundamento.
Cualquiera que haya sido el desencadenante de la confrontación, una cosa es evidente: esta última ha sido inmediatamente explotada con fines muy precisos. Se trataba de una parte de probar la capacidad del ejército libanés para enfrentarse a otras fuerzas, comenzando por la más fácil, los palestinos, contra los que los soldados libaneses –tanto chiítas como sunitas- pueden unirse sin riesgo importante de escisión sectaria.
Por otra parte, se trataba de empujar al ejército a entrar en este campo de refugiados palestinos al norte del Líbano y tomar su control, con el pretexto de combatir a ese grupo.
Es por esta razón que en un momento dado, Hassan Nasrallah, el dirigente de Hezbolá, ha aparecido diciendo que consideraba la penetración del campo por el ejército libanés como una “línea roja”. ¿Porqué esta llamada de atención , cuando Hezbolá había expresado inicialmente su solidaridad con el ejército libanés?. Porque se ha dado cuenta de que este campo palestino se había convertido en una prueba para medir la capacidad del ejército libanés para poner en marcha una tarea que forma parte de la Resolución 1559 del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas (apadrinado por Washington, Londres y Paris en 2004) que llama al desarme a la vez de los campos palestinos y de Hezbolá.
Nasrallah se ha dado cuenta de que la batalla de Nahr el-Bared no era sino un primer paso en el camino que conducirá finalmente a combatir a sus propias fuerzas. Esto se ve claramente si observamos la solidaridad activa con el ejército libanés que esta confrontación ha suscitado: Washington envía armas, y pide a sus aliados que proporcionen todo el material que necesite el ejército libanés.

Más en general, ¿cuál es la situación actual, cuando nos acercamos al primer aniversario de la guerra del año pasado? ¿ha habido modificaciones desde el alto el fuego?
No, ha habido un estancamiento total. La situación está en un punto muerto, lo que significa que es tensa y peligrosa. Durante meses, el país ha estado al borde del estallido sectario, lo que podría desencadenar nuevos combates sangrientos, incluso una nueva guerra civil.
La estrategia de Hezbolá ha estado completamente atascada. Es un resultado de las limitaciones inherentes a su visión confesionalista de las cosas, a su concepción del reparto del poder entre comunidades confesionales y bloques de poder existentes. Por una serie de posiciones torpes, en las que su alianza con la dictadura siria ha jugado un papel importante, han reforzado la división sectaria actual en este país entre chiítas y sunitas.
En un momento dado, al comienzo de la ofensiva israelí del verano pasado, pareció que había una reducción del sectarismo confesional. Sin embargo éste ha vuelto rápidamente y con fuerza. La naturaleza confesional de Hezbolá ha hecho que haya sido fácil para el campo Hariri explotar de forma muy abierta los sentimientos sectarios de los sunitas. Es así como toda la situación se ha atascado y la oposición ha perdido la iniciativa política que tenía cuando comenzó su movilización al comienzo del invierno pasado.

¿Cuando hablas de la oposición, te refieres al movimiento dirigido por Hezbolá y por Aoun contra el gobierno prooccidental?
El Hezbolá chiíta y Amal, el general maronita Aoun y muchas otras fuerzas más pequeñas. En términos confesionales, esto significa una mayoría aplastante de chiítas más una fracción bastante importante de cristianos, en alianza contra la mayoría de los sunitas, más la mayoría de los drusos y otra parte de cristianos. Es la configuración de fuerzas en el Líbano tal como está actualmente –tan confesional como era en el punto culminante de la guerra civil.

Entrevista realizada el 6 de junio de 2007.

Libanés de origen, Gilbert Achcar se estableció en Francia desde 1983. Profesor de ciencias políticas en la Universidad de París-VII (Saint-Denis), colaborador de Le Monde Diplomatique y de Inprecor. Entre sus obras más recientes se destacan Terrorismes et désordre mundial (Complexe, 2002); L’ oriente incandescent. Le Moyen-Orient au miroir marxiste (Editions Page deux, Lausanne, 2003); Le choc des barbaries (rééd 10/18, París 2004). Codirigió el Atlas du Monde Diplomatique (2003)

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